viernes, 30 de abril de 2010

abismo

Venía conduciendo absorto, sin reparar en el paisaje de las montañas; la tarde le parecía infinita, hacia algo de frío, la brisa traía olor a pinos y nostalgias; Melvin no se percataba de nada, a su alrededor la carretera se había convertido en hipnótica, deseaba llegar a aquel paraje y recordar aquellos momentos que trazaron su destino.
Detuvo el auto al borde del abismo, gritó su nombre que el eco repitió mil veces, no sabía por qué quería regresar, era una necesidad inconsciente. Hasta unos días atrás evitaba recordar los sucesos vividos al lado de ella, pero estaba allí clavada dentro de su pecho. Su recuerdo era imborrable, la escena de aquella noche era indeleble. La amaba, de eso estaba seguro, se preguntaba por qué nunca supo demostrárselo... por qué... por qué nunca se lo dijo.
Aquella noche se habían amado intensamente, como tantas veces. No recordaba por qué empezó la discusión, venían a su memoria aquellos ojos negros llenos de dudas y lágrimas, esos ojos llorosos que bailaban en sus recuerdos, luego su sonrisa irónica, sus reclamos y su voz repitiendo: «Ya no puedo más, el amor no puede ser clandestino, al amor hay que liberarlo en ese instante». Él pensó que era otra discusión como tantas otras, se sentía con las manos atadas, la costumbre y la monotonía habitaban sus días. Cómo cambiar y enfrentar sus sentimientos abiertamente. 

Ahora era demasiado tarde para reparar su cobardía, se sentía culpable de haberse enamorado de aquella joven, de no saberla amar. Él, un hombre mayor, había vuelto a nacer a su lado. Se preguntaba si fue miedo a su edad o al qué dirán, hoy todos lo sabían pero nada era igual, algo en el pecho le ardía, era la angustia, quería terminar con la agonía de verla lanzarse al vacío y ver aquel cuerpo que tanto amó tendido sin vida, despedazado en el fondo del abismo.

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